Prehistoria. Con las pinturas de Altamira y Puente Viesgo, Cantabria se anticipa 10.000 años, al gran arte de las civilizaciones orientales (Egipto, Mesopotamia, etc), y ofrece al hombre moderno el primer testimonio de la genialidad de la especie. Los bisontes del famoso techo de la cueva montañesa poseen la inspiración y la fuerza que sólo un lúcido cerebro puede lograr. Sólo nos han asegurado esto, pero ya es bastante para un alcance que puede llegar a los 12 o14.000 años a.C. Mucho más remoto parece ser el hombre de Morín (25.000 años) encontrado en una cueva cerca de Santander.

Cántabros. Transcurren después los siglos y en una nueva etapa histórica -el primer milenio a.C.- hallamos en nuestros valles un pueblo de origen celta (confederación de Autrigones, Caristios y Várdulos), rudo y belicoso (sacrificaban caballos al dios de la guerra y después se bebían su sangre) que los romanos unifican con el nombre de "cántabros". Grupos primitivos con organización tribal, una por cada zona: Seleni, Vadinia, Coniscum, Moreca, Cóncana, Orgenomescum, Camárica, Vellica y Juliobriga, que viven ya dentro de una cultura del hierro (castros del Bernorio y de Celada Marlantes, detectados y analizados por la arqueología) y se dedican fundamentalmente al pastoreoy la caza, hablando algo parecido al corso y tomando pan de harina de bellota acompañado de cerveza. Estos cántabros se atreven a enfrentarse a la imponente fuerza de las legiones romanas y hacen enormemente difícil a éstas su sometimiento. De hecho, Octavio Augusto declara en el 38 a.C. la unión al imperio de Hispania pero faltaban los cántabros a los cuales tiene que vencer, al mando de sus tropas (6 legiones), el propio emperador en persona, unos dicen que en la batalla de Aracillum (en el valle del Besaya), otros en la del monte Vedulio. Los romanos crucificaron a los principales guerreros (leyendas al respecto quedan como la del genial Corocotta) y a los otros los dispersaron vendiéndolos como esclavos por toda Hispania. Dos años después, los cántabros se sublevan, matando a sus amos, y vuelven a sus montañas donde empezarán de nuevo la lucha con los romanos, la cual terminó con una guerra de exterminio dirigida por Agripa (25 a.C.). Como reliquias cántabras nos han quedado las grandes estelas de Zurita, de Barros o de Lombera, que se pueden ver en el Museo de Prehistoria.

Roma. La diferencia de cultura y de técnica entre ambos contendientes lleva forzadamente a la rendición de nuestros indígenas y a la entrada de éstos en el carril civilizador de los romanos, que tardó cerca de 200 años. Muchos jóvenes cántabros se alistarán en el ejército del vencedor (el romanizado Lucio Lupo se casará con la nieta del emperador) y Cantabria pasará a ser una parte de la gran provincia Tarraconense, primero, y del convento cluniense después. El proceso de la romanización de Cantabria estaba ya concluido en el siglo IV d.C. Restos de esta nueva situación son las ruinas romanas de Julióbriga y de Camesa-Rebolledo, así como los materiales aparecidos en Castro Urdiales, Santoña y Santander, y las estructuras viarias de las calzadas que aún quedan visibles en determinados trayectos, desde Juliobriga (Retortillo) hasta Portus Blendium (Suances). Ejemplo singular del grado de romanización alcanzado es el conocido plato de Otañes, magnífica pieza de orfebrería de oro y plata que fue hallada en este pueblo montañés, y que es muestra de la "internacionalización" de la cultura romana.

Los visigodos. Con la desintegración del imperio romano, Cantabria, como las demás regiones de Hispania, entra en un paréntesis cercano a la independencia, al romperse los lazos de la administración y del gobierno. Con la ocupación de la península por los visigodos en el siglo V d.C., Cantabria permanece inconquistada hasta que Leovigildo en el 574 toma Amaya, y aunque se crea el ducado de Cantabria (mucho más grande que la actual, ya que llegaba desde el Nalón, en Asturias y León, hasta el Nervión en Vizcaya, incluyendo toda la vertiente del Ebro, Palencia y Burgos) no parece que lo que hoy es nuestra región tuviese un asentamiento firme de gentes godas. La casi total falta de vestigios de esta época permite suponerlo.

Los árabes. Cuando Tarik y Muza a principios del siglo VIII hunden con rapidez inusitada el poder y la monarquía visigoda, y los ejércitos árabes llegan al borde mismo de nuestras altas cumbres, los acontecimientos históricos vuelven a colocar a Cantabria en una situación de protagonismo. Es el momento de una nueva resistencia ante el invasor llevada a cabo por grupos de indígenas cántabro-romanos, mandos visigodos y numerosas gentes que -huyendo ante el temor de los vencedores- logran unirse y dar nacimiento así a la monarquía astur-cántabra (el rey Alfonso I, hijo del duque de Cantabria, se casa con la hija de don Pelayo), que tomará las riendas que han de hacer más fácil el anhelo de recuperar y volver a repoblar las tierras y campos perdidos. Alfonso I, no teniendo fuerza suficiente, consigue con la táctica de las rápidas razias, introducir en nuestros montes numerosos cristianos que habían quedado sometidos a los árabes en la meseta y con ellos refuerza la población de Asturias y Cantabria. Después, en los siglos VIII Y IX, este mismo rey y su sucesor Alfonso II atraviesan los montes (foramontanos) y van poniendo las bases -con creaciones monasteriales sobre todo- para lograr la contención de los avances musulmanes. La monarquía astur-cántabra iniciará así esa gran empresa común de intentar recomponer la unidad de España que ya los visigodos habían conseguido. Como vestigios en Cantabria de lo que fueron estas avanzadillas repobladoras nos quedan las conocidas iglesias rupestres y los cementerios excavados en la roca.

Influencias traídas por gentes mozárabes (cristianos que vivían en territorio árabe) dejan en Cantabria, en el siglo X, iglesias con recuerdos decorativos y constructivos musulmanes, como son <-Santa María de Lebeña, San Román de Moroso, Helguera o San Martín de Elines. Pero de hecho, en los finales de este siglo, cuando los cristianos ya consiguen reconquistar y repoblar la meseta (el valle del Duero en el siglo XII), Cantabria, ya alejada de los centros ahora del poder (reyes de León y condes de Castilla), pasa un poco a segundo término.

En los siglos XI y XII, con la europeización que traen la dinastía navarra y los reyes Alfonso VII y VIII de Castilla, nuestros valles se llenan de iglesias románicas. Cuatro monasterios (Santillana del Mar->, Santa María de Piasca, Cervatos y San Martín de Elines) nos dejan las muestras más excelentes de este estilo y reparten el poder económico y las influencias en sus respectivos señoríos y dominios. Los gustos góticos -que llegan al mismo tiempo que van decayendo los poderes monásticos para ser sustituidos por los de las noblezas locales y por los de los concejos- aportan al arte las grandes iglesias de Laredo, Castro, San Vicente de la Barquera, etc. Cantabria es supeditada a Burgos (entre Cantabria , La Rioja y Burgos se crea el lenguaje castellano) y nuestros reyes son los de Castilla y toda nuestra historia contribuye y colabora a las empresas nacionales (liberación de Sevilla, descubrimiento de America, ...). Nuestros canteros adquieren fama por su maestría y se les ve trabajar y dirigir monumentos foráneos de fama internacional (los Hontañón, Nantes, Juan de Herrera, etc).

A partir del siglo XVI los cántabros, encerrados en sus montañas (llega la crisis de la Peste proveniente de Castilla), proyectan su vida hacia el mar. Varias de las villas de Cantabria forman la "Hermandad de las Villas de la Costa" que defienden sus privilegios sobre las rutas comerciales y pesqueras del Cantábrico. Esta marina cántabra, al mando de Bonifaz, fue la que conquisto Sevilla. De ella también surgió Juan de la Cosa, armador y piloto de Cristobal Colón.

En los siglos XVII-XIX se producen tres hechos importantes: Primero se transforma la economía agraria con la aclimatación de razas europeas que desplazan a las autóctonas (pasiegas, tudancas, campurrianas) y la plantación de eucaliptos. Segundo surge la emigración, unos a America, el tipo del emigrante "indiano", que a su regreso a la "tierruca" suele emular a la nobleza local construyendo casonas de alta prestancia y contribuyendo al enriquecimiento de sus iglesias, transformando muchas veces las fábricas románicas o engrandeciéndolas con capillas y añadidos; otros a Andalucía, el tipo "jándalo", sobre todo a Cádiz, no tan ricos como los primeros pero intentando a su regreso emular a los indianos. Y tercero se crea la provincia de Santander (1799) separada de Burgos y la capital de la región, Santander (1817), que sirve de activo puerto a toda Castilla, gracias a cual se desarrollan las comunicaciones para la región. El arte logra importantes iglesias barrocas que se adornan con retablos populares o de buenos talleres. Al final, en lo arquitectónico surge un neo-regionalismo cuyos principales representantes son Rucabado y Riancho.

A partir de la crisis colonial del 98, se acentúan en Cantabria, como fuentes de la economía, la ganadería y la pesca. En el siglo XX, la guarnición de Santander no se une al levantamiento contra la república y Cantabria, en concreto Santander, es tomada por el General F. Dávila en 1.937. Después de 40 años de franquismo, en 1.982, Cantabria es declarada comunidad autónoma.


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